Sea lapón, griego o argentino, uno suele sentir, por estas fechas, el escozor de una antiquísima obsesión: la de hacerse oír a toda costa. Que a esto se lo llame pirotecnia no lo disimula. Podría incluso merecer un capítulo suelto de la filosofía. Si lo pensado no nos hace feliz, juntamos presión. Y, precavidos, explotamos por fuera. La formula de la consolación es fósforo, mecha y cohete. El objetivo ha sido siempre hacerse oír. Por los dioses, por el gobierno, por quien sea. Pasarse 365 días cruzando sin respuesta el desierto de la vida corriente por algún lado debe reventar. Llamar la atención de los cielos no fue nunca asunto fácil y los guiones de la Biblia lo prueban. Con la pirotecnia no parece que se consiga (y de hecho, ni siquiera con Hiroshima alcanzó). Quizás se necesite un estruendo todavía mayor. Un silencio de la especie,al unísono, por ejemplo. Tan humano, único y fuerte que rompa la barrera del sonido. Como el de la esperanza. Pero más
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Faco dijo: 23 Dic 2007 - 15:57
Sirve recordar que quienes más gritan suelen tener menos qué decir…